El día que decidí ver Breaking Bad

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mayo 12, 2015 por cabelloruiz

bbEl día que decidí ver Breaking Bad, se coló un moscardón por la ventana que me desquició hasta que conseguí expulsarlo.

Ese día utilicé el buscador de la televisión, tecleé las cuatro primeras letras y apareció la serie como si siempre hubiera estado allí, cuando realmente se trataba de un maratón de fines de semana de febrero y marzo. Fue una casualidad, si me hubiera decidido en enero o abril, no habría encontrado nada.

Joder. Las grabé y hemos visto las cinco temporadas, sesenta y dos capítulos, en tres meses –tal vez menos–. Si tengo en cuenta los viajes, puedo decir que no ha habido noche sin Walter White.

Hoy, de nuevo en una habitación de hotel de polígono, con olor a matamoscas –hasta ocho he tenido que matar con la toalla de los pies–, vuelvo a pensar en la serie, y en aquello que me contaron del ciclo solar del héroe y en el concepto del límite en la filosofía griega y en la dualidad Apolo/Dionisos, Jekyll/Hyde, William Wilson o Quijote/Sancho, y también en Fausto, el golem y Kafka. Y en la moral como opción personal. Y en los western de Leone o Hawks o el cine de mafiosos de Tarantino y Coppola.

Breaking Bad es uno de los relatos más completos, complejos y fascinantes que he conocido. Y audiovisualmente, una obra maestra.

A un profesor de Química con una vida anodina, una mujer embarazada y controladora, un hijo adolescente disminuido físico, facturas asfixiantes, un segundo trabajo en un lavadero de coches en el que le explotan y un cuñado bravucón de la DEA, le detectan un cáncer de pulmón.

Walter White, el protagonista, se atormenta con lo que le sucederá a su familia cuando ya no esté y decide cocinar metanfetamina.

De aquí a la crítica social, un paso, que se da en la buena dirección: la sanidad estadounidense o el auge de la metanfetamina –meth is death– en Nuevo México.

Si la historia terminara aquí, ya estaría bien. Pero no, aún va más allá: hacia la moral, que el protagonista, llegado el momento, relativiza; y, en cierto modo, el espectador también. Y en esa relatividad, a mi juicio, está el meollo de la grandeza del guión.

Como si de las capas de una cebolla se tratara, a lo anterior se suma un océano infinito de ideas.

El ciclo solar del héroe dice que en el inframundo sufrirá la tentación. Si cae en ella, –traiciona a los amigos– se transformará en un villano y si además ataca a los débiles se convertirá en un monstruo. Walter, en su descenso voluntario a los infiernos, mutará en monstruo. Y nosotros con él.

Hay héroes de fuerza, de astucia, de amor y perdedores. ¿Qué sería Walter? Sin duda, de astucia. Pero cuando se transforma en monstruo, ¿no lo hace también el espectador? Por un tiempo, deseamos su redención, olvidando que pudo hacerla efectiva y que, sin embargo, escogió la oscuridad, y nos planteamos empáticamente sus decisiones como lógicas. Me pregunto si Walter no se ha cargado la teoría del héroe.

Ahora me fijo en la dualidad y el concepto de límite.

Cada uno de los personajes tiene un doble o quiere ser otra cosa o tiene una doble moral. Casi todos ellos evolucionan, todos con una historia detrás.

Walter White. Las mismas iniciales que William Wilson, el cuento del doble de Poe. Su alter ego es Heisenberg, tomado del padre del principio de incertidumbre, con las interpretaciones que conlleva. Además, Mr. White –mismo nombre que el personaje de Harvey Keitel en Reservoir Dogs– comenzará la serie con colores blancos y mates en sus ropas y entorno y, a medida que vaya transformándose en Heisenberg, pasará a azules y negros.

Skyler, su esposa. Querría ser escritora, pero la vida le ha llevado por la contabilidad. Dos profesiones muy dispares. Para colmo, a partir de cierto momento llevará una doble vida y posteriormente modificará su criterio moral. Sky es cielo y Skyler se moverá, al principio, entre azules y blancos.

Walter Jr. El hijo adolescente con parálisis cerebral. No evoluciona tanto como los demás, pero también ansía ser otra cosa y acepta un apodo, Flynn.

Jesse Pinkman. El hombre rosa. Al estilo también de Reservoir Dogs. Cuyo recorrido evolutivo es amplísimo e, incluso, intercambia roles con Walter, a la manera del Quijote. La dialéctica que establece, espoleada por inflexiones en el relato, sobre el bien y el mal y el límite de ambos resulta muy interesante. El rojo y el amarillo son sus colores iniciales.

Hank Schrader. Agente de la DEA y cuñado de Walter. Empezará como un bravucón, pero evolucionará en dos sentidos, por decirlo de alguna manera: hacia abajo y hacia arriba: una etapa de desmoronamiento y otra de crecimiento. Ocultará ataques de pánico y realmente solo en su garaje será feliz, fabricando cerveza. Hank es el antagonista de Walter/Heisenberg, pero necesita a Heisenberg para vivir.

Marie Schrader. Hermana de Skyler, esposa de Hank, cuñada de Walter. Oculta su cleptomanía. Su color es el morado.

No puedo hablar de todos los personajes pero la mayoría es una moneda de dos caras. Entre muchos de ellos la cámara realiza planos de dos, uno enfrentado a otro, como opuestos, separados por el límite de una mesa.

Albuquerque, la ciudad donde transcurre la historia está cerca de la frontera con México. Para la cultura norteamericana, lugar de misterio y ocultismo, como se aprecia en el inicio de la tercera temporada.

El límite entre lo legal e ilegal, como se establece en los diálogos de Walter y Hank. La bondad frente a la maldad. Y cómo esa línea se diluye, lo mismo que las personalidades contradictorias de los personajes, que un día son uno y al siguiente, otro.

Por otro lado tenemos la estructura de la historia, la forma. Las líneas temporales diversas, las anacronías con analepsis (saltos hacia atrás) y prolepsis (saltos hacia delante). Las anacronías van dejando historias abiertas que se cierran al final de las temporadas o los capítulos y que a veces se reiteran en la secuencia principal con el fin de espolear la curiosidad del espectador. Si añadimos los finales que incitan a visionar el siguiente capítulo o temporada, la serialidad continuada (la historia nunca acaba) y los aperturas antes del cabecero de capítulo, tenemos toda una sinfonía cuyo fin es la desazón constante del espectador que, cual una droga, no puede dejar de consumir Breaking Bad hasta el final de la misma.

¿Y qué pasa con la fotografía? Breaking Bad es un relato audiovisual y nunca mejor dicho. Todo es importante: lo que se dice, lo que se calla y lo que se ve. Los planos, dividen a los personajes, los enfrentan y los separan. Y los planos generales son espectaculares: del cielo o el desierto. En ocasiones, muestran a cámara rápida el ciclo de las nubes o de la arena del desierto y, en medio de la inmensidad, a unos hombres desamparados por la Naturaleza que intentan dirimir sus diferencias al estilo del viejo Oeste.

No puedo decir más desde este lugar infecto en el que me encuentro. La narratividad vuelve a sorprenderme. El entramado que suscita Breaking Bad afirma, por sí mismo, y en contra de las últimas teorías experimentales narrativas que las historias siguen su curso y que son infinitas.

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